
Al culminar las tareas del taller, trabajo temporero para los duendes debido a lo particular del mismo, partieron con sus bracitos llenos de escarcha y lentejuelas a su morada habitual. Derepente me encontré sola rodeada de vestigios que rememoraron el eco de la laboriosidad festiva. Nunca olvidaré a Willam el duende gruñon, a los simbióticos y adorables melliduendes Diego y Sebastián, que se llevaron con ellos el ritmo de la bomba puertorriqueña y me compartieron su cariño y expresiva ternura. Ahhhhh! trabajar con duendes es mi nueva pasión navideña que me hace volar y soñar entre destellos dorados de alas de goma y lentejuelas multicolor.